Nota de LA NACION: Prokofiev y Wagner coronarán el año lírico del Colón

Compartimos la nota de el diario LA NACIÓN  de Argentina del

Viernes 30 de enero de 2015 | Publicado en edición impresa

Música clásica

Prokofiev y Wagner coronarán el año lírico del Colón

Espectáculos

Por Pola Suárez Urtubey | LA NACION

Tras la presencia de Verdi, dos obras de fuerte contextura se anticipan para el cierre de la temporada de ópera de este año en el Colón. La primera de ellas, anunciada para el mes de noviembre, propone el retorno de Sergio Prokofiev, ahora a través de El ángel de fuego, que el teatro había representado, dirigida por Bruno Bartoletti, en las temporadas 1966 y 1971, esta última con régie del inolvidable Ernst Poettgen y escenografía y vestuario de Roberto Oswald. Después de 43 años, bien puede hablarse de “estreno” para las generaciones más recientes de nuestra sala lírica.

Ésta, su cuarta obra para la escena (la preceden Magdalena, El jugador y El amor por tres naranjas), fue compuesta en su etapa europea, en Ettal (Baviera), entre 1919 y 1927, pero sólo conocida en forma escénica en La Fenice de Venecia en 1955. Tras una primera versión del segundo acto en ruso, en la Sala Pleyel de París, en 1928, y una segunda, ya completa en francés, pero también en forma de concierto, en el teatro de Champs Elysées en 1954, llegaba por fin aquella puesta escénica veneciana. Una década después, la conocería Buenos Aires. Se trata de una música convulsiva, apta para crear la atmósfera histérica que domina esta composición, en la que el autor aborda, a juicio de algunos de sus críticos, un erotismo presentado bajo aspectos perversos, demoníacos y fantásticos. También se ha visto en ella una creación “inmensamente rusa”, no por sus temas, sino por la concepción del Mal y su representación, Satanás.

***

En diciembre (del 4 al 11) llegará el turno de Wagner, a través de Parsifal (1882), su última obra, que Buenos Aires conoció en 1913 dirigida por Gino Marinuzzi en el Teatro Coliseo, antes de ingresar en 1914 en el Colón, donde figuró en una docena de temporadas hasta 1986. En ese lapso, la dirigieron Tulio Serafin, Weingartner, Busch, Kleiber, Rieger, Walberg, Leindorf y Decker.

Para el espectador, es sin duda la obra más exigente de todo el repertorio wagneriano. No hay aquí trozos de bravura que puedan atraer por separado, como, en cambio, lo son los adioses de Lohengrin, el canto del concurso de Walther von Stolzing en Maestros cantores, la muerte de Isolda o el himno a la primavera de Sigmundo en La valquiria. De ahí que sólo puedan ser presentados por separado para los conciertos las partes sinfónicas como el Preludio y el Encantamiento del Viernes Santo.

Resumir en escasas líneas sus contenidos y valores es imposible. Señalemos sólo que toda la obra responde a una distribución en tres actos sobre la base de una estructura A-B-A. El primero transcurre en la atmósfera religiosa y hierática de una Pasión, el acto central acontece en un mundo de irresistible sensualidad, mientras el tercero restaura la religiosidad a manera de reexposición. En el curso del año, sin duda, se volverá más de una vez sobre el tema.

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